martes, 23 de marzo de 2010

El mundo interior


A veces uno necesita aislarse. Antes caminaba escuchando y observando. Ahora camino viendo y oyendo. Que me diréis que es lo mismo, pero no lo es. Y no lo es porque antes caminaba con la cabeza alta, observando y escuchando lo que acontecía a mi alrededor: los miedos del niño que habla con su madre; los males comentados por la señora en el autobús; las conversaciones contenidas sobre política o fútbol –que lo mismo son- en el bar de la calle; … Pero ahora, me pongo los cascos, agacho la cabeza y, como los caballos, no oígo más que mi propio sonido y no veo más que mi camino. Perdiendo la riqueza que se esconde en cada rincón de mi paseo, o asiento del tren. Pero eso no es lo raro. Lo raro es que casi toda la gente de más o menos mi edad y más jóvenes van igual que yo, con su música, en su mundo interior. Y es que reconociéndolo, la música da color a las calles grises, a la primavera, a la gente cansada de un largo invierno, y la compañía que da la radio hace que cada vez más gente se apunte a ir por la calle aislada.

Me encantaría dejar la música para otros momentos y volver a escuchar a la ciudad palpitar a mi alrededor, observar la calle y la gente. Las pequeñas historias diarias que, como la mía, se entrecruzan cada día en un semáforo o una parada de autobús, ya que como si fuéramos zombies, nos estamos convirtiendo simplemente en gente que pasea a través de un mundo interior.