miércoles, 22 de octubre de 2008

El Efecto Tractorcillo.

El efecto tractorcillo es una forma de vida que mi amigo Alejandro y yo idealizábamos cuando estábamos muy quemados en el trabajo.
Estaba basado en un tractorcillo de color amarillo chillón, que tenía una sirena luminosa de color naranja en la parte alta. Este tractorcillo se dedicaba a limpiar la Escuela Naval con sus cepillos incorporados, su agua a alta presión y su aspirador. Era chiquitito y muy cómico, con unas ruedas pequeñitas, una cabina minúscula y ese color que lo hacía destacar tanto. Un hombre que iba dentro lo manejaba con maestría girando "paquí y pallá", mientras sonaba un pitido cada vez que le daba marcha atrás. Tenía calefacción, limpiaparabrisas y todos los extras que te puedas imaginar, pero en diminuto.
Este hombre siempre iba con los cascos, supongo que oyendo la radio, paraba a la hora del bocata a eso de las 10:30 durante media horita para charlar con los compañeros mientras fumaba el pitillito y luego se ponía otra vez a la faena.

A veces, cuando ya nos salía el humo por las orejas de tantos exámenes, cuando nos castigaban a correr con el fusil durante 45 minutos seguidos al sol, decíamos idealizándolo: -Ahí lo tienes, oye la radio toda la mañana, su preocupación y responsabilidad por el trabajo es mínima, ya que hace su circuito y ya está, seguro que está pensando en si su equipo ganará el partido de fútbol del domingo o cuántos aciertos tendrá en la quiniela de esta semana. Se va a casa, cena viendo la tele en su sofá y seguro que no le quitará el sueño el trabajo de mañana. Dormirá bien y charlará al día siguiente con sus compañeros a la hora del bocata sobre lo que dice el "Marca" sobre tal o cual jugador.
No tiene que preocuparse ni quemar ni una sola neurona en saber lo que le depara su jornada laboral porque él ya lo sabe, hará su circuito diario y ya está. Si se aburre, empieza por otra zona y punto. Ganará menos dinero que tú, pero lo que se cura en salud y preocupaciones....

Es cierto que ese hombre podría tener, como todo el mundo, sus problemas y preocupaciones: una hipoteca, una enfermedad, yo que sé; Pero nosotros lo idealizábamos tanto que no nos fijábamos en nada más.

Un trabajo tranquilo hace que aumenten en gran medida las posibilidades de que tengas una vida tranquila.
Un trabajo a alta presión es como una olla expréss, puedes reventar un día si te salta la válvula de seguridad.
La regulación de esa válvula depende de ti, del aguante que tengas. Si eres una persona de esas que aguantan mucho y por tanto tu válvula de seguridad no salta, mantienes esa presión dentro, que involuntariamente está ejerciendo una influencia importante sobre todos los que te rodean.
Hay veces en que me aparece el efecto tractorcillo. Es inevitable, me sucede cuando recibo unas presiones extremas y tengo que tirar "palante" con todo durante más de una semana continuada, sin apenas tiempo y con muy pocos recursos a mi disposición.

Cuando estoy muy quemado, escucho ese pitido del cómico tractorcillo dando marcha atrás pasando por dentro de mi cabeza de aquí para allá y me gustaría ponerme los cascos para oir la radio toda la mañana, meterme en la cabinita con calefacción y preocuparme tan sólo de hacer bien la linea del bordillo de la acera con el cepillo. Aunque cobrara la mitad.

2 comentarios:

OscarParadela dijo...

Ya ves, por ganar unos eurillos más uno se pasa la vida currando como un desgraciado, estresado, mal de los nervios, sin tiempo para hacer lo que te gusta, ves que tu vida pasa en balde y sin sentido y todo por ganar un dinero que no ves pues se lo come el banco a primeros.
Quizá todo sea por un futuro mejor, pero quizá también un día te despiertes y compruebes que tu meada tiene el color de los grelos y que el médico, dándote unas palmaditas en el hombro te diga que no te preocupes por el precio que tendrán los percebes en navidad pues no llegarás ni al puente de la constitución. En fin, como decía Trueno "así es la vida, el cielo es azul, las cebras saltan y los leones se las comen"

Anónimo dijo...

Hola Miguel, soy Alejandro.
Lo primero es felicitarte por tu blog. Tienes la virtud de la imaginación en la composición. Enhorabuena y ánimo en tu proyecto.
Cierta grima me trae, como recuerdo, el famoso efecto tractorcillo. En no pocas ocasiones he recordado al tranquilo hombre, que manejaba con soltura y sin el más mínimo atisbo de preocupación, el ingenioso vehículo barredor.
Mi ingenio no llega, ni por asomo, al tuyo, por eso me voy a limitar a comentarte cierta anécdota que me ha traído al recuerdo el efecto tractorcillo.
Yo siempre me he considerado persona simple donde las haya y de vagos y banales pensamientos. Esta circunstancia hacía, que mientras algunos niños aprendían a hacer logaritmos neperianos, otros veían, que no leían, revistas porno y otros, simplemente, se dedicaban a apedrear a pobres perros o gatos, que tenía la desgracia de cruzarse en su camino, En mi caso, solía relajarme un ratito, de vez en cuando, mirando las gallinas, que mi vecina tenía junto al patio de mi casa.
Recuerdo, que mientras yo pensaba en la lección que me iban a preguntar al día siguiente, o en tener que aguantar al típico zampabollos prepotente que se metía con el resto de mortales, incluido yo, las gallinas, mientras tanto, llevaban una envidiable vida alejada del estrés.
Sus preocupaciones se centraban en escarbar la tierra a la espera de que apareciese un suculento y regordete gusano que echarse al pico. La segunda máxima preocupación era, por supuesto, que la compañera de al lado no le arrebatase, de un contundente picotazo, su preciada presa.
Luego, a media tarde, se producía el máximo evento del día. La vecina, siempre ataviada de andrajos pestilentes, abría la puerta del gallinero con cierto mejunje, de fórmula desconocida para mí, que olía a rayos. Éste, a pesar del hedor que desprendía, hacía enloquecer a mis observadas y, porque no decirlo, en momentos difíciles, envidiadas gallinas.
Al ponerse el sol se llevaba a cabo un ordenado y pausado ceremonial de entrada en el gallinero, siempre por estricto orden de antigüedad, es decir, el flamante gallo siempre por delante.
Esa era la vida de las humildes y despreocupadas gallinas.
En mi razonamiento, más bien escaso, entendía perfectamente que mi vida era muchísimo más interesante que la de las apacibles aves y, que por supuesto, no me cambiaba por ellas por nada del mundo. Sin embargo, y pese a esta circunstancia, envidiaba lo apacible y sosegada que era su existencia. Reconocía que esa tranquilidad sería inalcanzable para mí.
No te como más el tarro y aprovecho para recordarte el teorema fundamental del pobre mandado; "Dado un individuo cualquiera, el grado de desconfianza que presenta es siempre directamente proporcional al cuadrado del grado de inseguridad que sufra".
Se deja al lector, como ejercicio práctico, su demostración.
Hasta pronto.